Bambi, una vida en el bosque
Felix Salten
Olvida todo lo que crees saber sobre Bambi. Descubre la obra maestra original que conmovió a una generación. Mucho más que un relato infantil, Bambi, una vida en el bosque es una deslumbrante y conmovedora novela de aprendizaje sobre la vida en estado puro. Desde el momento en que abre los ojos en un claro oculto del bosque, el joven corzo aprende que el mundo es un lugar de una belleza desbordante, pero también de un peligro implacable. A través de los ciclos de las estaciones, el dolor de la pérdida y el descubrimiento del amor, Bambi deberá madurar hasta convertirse en el Gran Príncipe del Bosque. Con una sensibilidad poética exquisita, Felix Salten compone una oda a la naturaleza y una profunda reflexión sobre la supervivencia, la soledad y el miedo ancestral a 'Él': el cazador humano, una fuerza invisible y destructiva que rompe la armonía del ecosistema. Una lectura imprescindible y madura que cautivará tanto a los jóvenes lectores como a los adultos, devolviendo a este clásico su fuerza, su realismo y su dignidad original.
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Capítulo 1
Vino al mundo en medio de la espesura, en una de aquellas pequeñas y recónditas alcobas del bosque que parecen abiertas por todos lados y que, sin embargo, están resguardadas por todos lados.
No había más que un poco de sitio, apenas suficiente para él y su madre.
Ahí estaba, tambaléandose peligrosamente sobre sus patas delgadas, mirando sin ver con sus ojos turbios, con la cabeza colgando, temblando mucho, aún completamente aturdido.
—¡Qué criatura tan hermosa! —exclamó la urraca.
Había llegado volando, atraída por los roncos gemidos que los dolores del parto habían arrancado a la madre. Ahora estaba posada en una rama cercana.
—¡Qué criatura tan hermosa! —repitió. No obtuvo respuesta y siguió hablando con vivacidad—. ¡Qué asombroso que pueda ya ponerse en pie y andar! ¡Qué interesante! Nunca lo había visto en mi vida. Claro que yo soy todavía joven, salí del nido hace apenas un año, como sabrá usted. Pero me parece maravilloso. Una criatura así... nace en este instante y ya puede tenerse en pie. Me parece muy distinguido. Me parece, en general, que todo en ustedes los corzos es muy distinguido. ¿Y puede ya andar...?
—Desde luego —respondió la madre en voz baja—. Pero tendrá usted que disculparme si ahora no estoy en condiciones de mantener una conversación. Tengo ahora tanto que hacer... y además me siento aún un poco débil.
—No se moleste por mí —dijo la urraca—, tampoco yo tengo mucho tiempo. Pero no todos los días se ve algo así. Le ruego que me comprenda, qué complicado y qué trabajoso resulta en nosotras todo esto. Los hijos no pueden moverse cuando salen del huevo, yacen indefensos en el nido y necesitan unos cuidados, unos cuidados, le digo yo, de los que naturalmente usted no tiene ni idea. Qué trabajo cuesta alimentarlos, qué angustia vigilarlos. Por favor, piense un momento en lo agotador que es ir a buscar comida para los hijos y al mismo tiempo estar pendiente de que no les ocurra nada. Ellos no pueden defenderse si no se está con ellos. ¿No me da la razón? ¿Y cuánto hay que esperar hasta que pueden moverse, cuánto tarda en salirles las plumas y en tener una apariencia decente?
—Disculpe —respondió la madre—, no la estaba escuchando.
La urraca se fue volando. «Estúpida criatura», pensó para sí, «distinguida, pero estúpida.»
La madre apenas lo advirtió. Siguió lavando afanosamente al recién nacido. Lo lavaba con su lengua y aquello era a la vez aseo, masaje cálido y caricia.
El pequeño se tambaleó un poco. Bajo las caricias y los empujoncitos con que era rozado suavemente por todas partes, se dobló un poco y se quedó quieto. Su pelaje rojizo, aún algo revuelto, tenía finas motas blancas, y en su carita adormilada de niño había todavía una expresión como de sueño profundo.
A su alrededor crecían avellanos, sanguinos, endrinos y saúcos jóvenes. Altos arces, hayas y robles levantaban un techo verde sobre la espesura, y del suelo firme y oscuro brotaban helechos, algarrobillas silvestres y salvia. Muy pegadas a la tierra se apretaban las hojas de las violetas que ya habían florecido y de las fresas que empezaban a florecer. A través del denso follaje, la luz del sol matinal penetraba como una red de oro. Todo el bosque resonaba con voces de toda clase, impregnado de ellas como de una alegre agitación. El oropéndola lanzaba su canto sin cesar, las palomas arrullaban sin parar, los mirlos silbaban, los pinzones trinaban, los herrerillos gorjeaban. Entre todo esto, el grito pendenciero de los arrendajos rasgaba el aire, se oía la risa crepitante de las urracas, el metálico y explosivo cacareo de los faisanes. A veces el breve y agudo alarido de un pájaro carpintero atravesaba todas aquellas voces. El grito del halcón resonaba claro y urgente sobre las copas de los árboles, y sin cesar se dejaba oír el ronco coro de los cuervos.
El pequeño no entendía ni uno solo de aquellos cantos y llamadas, ni una palabra de aquellas conversaciones. Todavía no les prestaba atención. Tampoco percibía ninguno de los olores que el bosque exhalaba. Solo oía el suave crujido que recorría su pelaje mientras era lavado, calentado y besado, y no olía más que el cuerpo cercano de su madre. Se apretó estrechamente contra aquella cercanía tibia y reconfortante, buscó hambriento en ella y encontró el manantial de la vida.
Mientras mamaba, la madre siguió acariciando al pequeño.
—Bambi —susurró.
Y cada poco levantaba la cabeza, movía las orejas y aspiraba el viento.
Luego volvía a besar a su hijo, tranquila y feliz.
—Bambi —repitió—, mi pequeño Bambi.