Ethan Frome

Edith Wharton

Portada de Ethan Frome

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Capítulo 1

La historia me llegó, poco a poco, de varias personas y, como suele ocurrir en estos casos, cada vez era una historia diferente.

Si conoces Starkfield, Massachusetts, conoces la oficina de correos. Si conoces la oficina de correos, habrás visto a Ethan Frome llegar hasta allí en su calesa, soltar las riendas sobre su bayo de lomo hundido y arrastrarse por el pavimento de ladrillo hasta la columnata blanca; y te habrás preguntado quién era.

Fue allí donde, hace varios años, lo vi por primera vez; y la visión me detuvo en seco. Incluso entonces era la figura más llamativa de Starkfield, aunque no fuera más que la ruina de un hombre. No era tanto su gran estatura lo que lo distinguía, pues a los «nativos» se los reconocía fácilmente por su complexión larguirucha frente a la constitución más robusta de los forasteros; era el aire de descuidada fortaleza que poseía, a pesar de una cojera que frenaba cada uno de sus pasos como el tirón de una cadena. Había algo desolador e inaccesible en su rostro, y estaba tan entumecido y cano que lo tomé por un anciano y me sorprendió oír que no tenía más de cincuenta y dos años. Esto me lo contó Harmon Gow, quien había conducido la diligencia de Bettsbridge a Starkfield en los días previos al tranvía y conocía la crónica de todas las familias de su ruta.

—Tiene ese aspecto desde que sufrió el trompazo; y de eso hará veinticuatro años el próximo febrero —soltó Harmon entre pausas cargadas de reminiscencia.

El «trompazo» fue —según deduje del mismo informante— lo que, además de dibujarle la brecha roja que le cruzaba la frente, le había acortado y deformado el costado derecho de tal manera que le costaba un esfuerzo visible dar los pocos pasos desde su calesa hasta la ventanilla de la oficina de correos. Solía venir de su granja todos los días alrededor del mediodía, y como esa era mi hora para recoger el correo, a menudo me cruzaba con él en el porche o permanecía a su lado mientras esperábamos los movimientos de la mano que distribuía la correspondencia detrás de la reja. Observé que, aunque llegaba con suma puntualidad, rara vez recibía algo más que un ejemplar del «Bettsbridge Eagle», que se guardaba sin mirarlo en su descolgado bolsillo. A intervalos, sin embargo, el jefe de correos le entregaba un sobre dirigido a la señora Zenobia —o señora Zeena— Frome, que solía llevar bien visible en la esquina superior izquierda el remite de algún fabricante de medicamentos de patente y el nombre de su específico. Mi vecino también se guardaba estos documentos sin siquiera echarles un vistazo, como si estuviera demasiado acostumbrado a ellos para asombrarse de su número y variedad, y luego se daba la vuelta con un silencioso asentimiento de cabeza al jefe de correos.

Todos en Starkfield lo conocían y le dirigían un saludo atemperado a su propio semblante grave; pero su taciturnidad era respetada y solo en raras ocasiones alguno de los hombres mayores del lugar lo retenía para intercambiar unas palabras. Cuando esto ocurría, él escuchaba en silencio, con sus ojos azules fijos en el rostro de su interlocutor, y respondía en un tono tan bajo que sus palabras nunca llegaban a mis oídos; luego se encaramaba con rigidez a su calesa, recogía las riendas con la mano izquierda y se alejaba lentamente en dirección a su granja.

—¿Fue un trompazo bastante grave? —le pregunté a Harmon, mientras seguía con la mirada la figura de Frome que se alejaba, pensando en cuán gallardamente su esbelta cabeza morena, con su mata de pelo claro, debió de asentarse sobre sus fuertes hombros antes de que se le deformaran.

—De los peores —asintió mi informante—. Más que de sobra para matar a la mayoría. Pero los Frome son duros. Ethan fijo que llega a los cien.

—¡Santo Dios! —exclamé. En ese momento, Ethan Frome, tras subir a su asiento, se había inclinado para cerciorarse de que una caja de madera —también con la etiqueta de una farmacia— que había colocado en la parte trasera de la calesa estaba bien sujeta, y vi su rostro tal como probablemente lucía cuando se creía a solas—. ¿Ese hombre llegar a los cien? ¡Si parece que ya está muerto y en el infierno!

Harmon sacó una tableta de tabaco del bolsillo, cortó una cuña y la acomodó en la bolsa de cuero de su mejilla.

—¿Y por qué no se largó él?

—Alguien tenía que quedarse a cuidar de los suyos. Nunca hubo nadie más que Ethan. Primero su padre..., luego su madre..., luego su mujer.

—¿Y después el trompazo?

Harmon soltó una risita sardónica.

—Entiendo. ¿Y desde entonces han tenido que cuidarlo a él?

Harmon, pensativo, se pasó el tabaco a la otra mejilla.

Aunque Harmon Gow desgranó el relato hasta donde su alcance mental y moral se lo permitía, había lagunas perceptibles entre los hechos que narraba, y tuve la sensación de que el significado más profundo de la historia residía precisamente en esas lagunas. Pero una frase se me quedó grabada en la memoria y sirvió de núcleo en torno al cual agrupé mis inferencias posteriores: «Será que ha pasado demasiados inviernos en Starkfield».

Antes de que mi propia estancia allí concluyera, ya había aprendido lo que eso significaba. Y eso que yo había llegado en la era degenerada del tranvía, la bicicleta y el reparto rural, cuando la comunicación era fácil entre las dispersas aldeas de montaña, y las poblaciones más grandes de los valles, como Bettsbridge y Shadd’s Falls, tenían bibliotecas, teatros y centros de la YMCA a los que la juventud de las colinas podía acudir en busca de esparcimiento. Pero cuando el invierno se abatió sobre Starkfield y la aldea quedó sepultada bajo un manto de nieve perpetuamente renovado desde los pálidos cielos, empecé a comprender lo que la vida allí —o más bien su negación— debió de haber sido durante la juventud de Ethan Frome.

Mis empleadores me habían enviado por un asunto relacionado con la gran central eléctrica de Corbury Junction, y una prolongada huelga de carpinteros había retrasado tanto la obra que me encontré anclado en Starkfield —el lugar habitable más cercano— durante la mayor parte del invierno. Al principio me consumía la impaciencia, pero luego, bajo el efecto hipnótico de la rutina, empecé a encontrar una sombría satisfacción en aquella vida. Durante la primera parte de mi estancia me había sorprendido el contraste entre la vitalidad del clima y la apatía de la comunidad. Día tras día, una vez pasadas las nieves de diciembre, un cielo de un azul resplandeciente derramaba torrentes de luz y aire sobre el paisaje blanco, que los devolvía con un brillo aún más intenso. Cabría suponer que semejante atmósfera debía de avivar tanto las emociones como la sangre; pero no parecía producir más cambio que el de ralentizar aún más el lánguido pulso de Starkfield. Cuando llevaba allí un poco más de tiempo y hube visto aquella fase de cristalinidad seguida de largos periodos de frío sin sol; cuando las tormentas de febrero hubieron plantado sus blancas tiendas alrededor de la desdichada aldea y la salvaje caballería de los vientos de marzo cargó en su auxilio, empecé a comprender por qué Starkfield emergía de su asedio de seis meses como una guarnición hambrienta que se rinde sin condiciones. Veinte años antes, los medios de resistencia debieron de ser mucho menores, y el enemigo debía de dominar casi todas las vías de acceso entre las aldeas sitiadas; y, considerando todo esto, sentí la fuerza siniestra de la frase de Harmon: «Los más listos se largan». Pero, de ser así, ¿cómo pudo ninguna combinación de obstáculos haber impedido la huida de un hombre como Ethan Frome?

Durante mi estancia en Starkfield me alojé en casa de una viuda de mediana edad conocida coloquialmente como la señora Ned Hale. El padre de la señora Hale había sido el abogado del pueblo en la generación anterior, y la «casa del abogado Varnum», donde mi casera aún vivía con su madre, era la mansión más considerable de la aldea. Se alzaba en un extremo de la calle principal; su pórtico clásico y sus ventanas de pequeños cuarterones daban a un sendero enlosado que discurría entre abetos de Noruega hasta el esbelto campanario blanco de la iglesia congregacional. Era evidente que la fortuna de los Varnum estaba en franco declive, pero las dos mujeres hacían lo que podían por conservar una digna compostura; y la señora Hale, en particular, poseía un cierto y lánguido refinamiento que no desentonaba con su pálida y anticuada casa.

En el «salón de recibir», con sus muebles de crin negra y caoba débilmente iluminados por una gorgoteante lámpara Carcel, escuchaba cada noche otra versión, más delicadamente matizada, de la crónica de Starkfield. No es que la señora Ned Hale sintiera, o aparentara, superioridad social alguna sobre la gente que la rodeaba; era solo que el azar de una sensibilidad más fina y una educación algo mayor había interpuesto la distancia justa entre ella y sus vecinos para permitirle juzgarlos con desapego. No se mostraba reacia a ejercer esta facultad, y yo albergaba grandes esperanzas de obtener de ella los datos que faltaban en la historia de Ethan Frome, o más bien una clave de su carácter que me permitiera coordinar los hechos que ya conocía. Su mente era un almacén de anécdotas inocuas, y cualquier pregunta sobre sus conocidos suscitaba un torrente de detalles; pero sobre el tema de Ethan Frome la encontré inesperadamente reticente. No había ni rastro de desaprobación en su reserva; simplemente percibí en ella una renuencia insuperable a hablar de él o de sus asuntos; un tenue: «Sí, los conocí a ambos..., fue horrible...», parecía ser la máxima concesión que su angustia podía hacer a mi curiosidad.

Tan marcado fue el cambio en sus modales, tales abismos de triste iniciación implicaba, que, con ciertas dudas sobre mi propia delicadeza, volví a plantearle el caso a mi oráculo local, Harmon Gow, pero por toda respuesta solo obtuve un gruñido de incomprensión.

—Ruth Varnum siempre ha sido nerviosa como una rata; y, ahora que caigo, fue la primera que los vio después de que los recogieran. Pasó justo debajo de la casa del abogado Varnum, en la curva de la carretera de Corbury, más o menos por la época en que Ruth se prometió con Ned Hale. Los jóvenes eran todos amigos, y supongo que sencillamente no soporta hablar de ello. Bastantes problemas ha tenido ya con lo suyo.

Todos los habitantes de Starkfield, como los de comunidades más insignes, habían tenido ya bastantes problemas propios como para mostrarse relativamente indiferentes a los de sus vecinos; y aunque todos admitían que los de Ethan Frome habían sobrepasado la medida común, nadie me dio una explicación para la expresión de su rostro, una que, según persistía yo en pensar, ni la pobreza ni el sufrimiento físico podrían haberle grabado. Sin embargo, podría haberme contentado con la historia reconstruida a partir de estos retazos de no haber sido por la provocación del silencio de la señora Hale y, un poco más tarde, por el azar del contacto personal con aquel hombre.

A mi llegada a Starkfield, Denis Eady, el acaudalado tendero irlandés, propietario de lo más parecido a una cochera de alquiler que había en el pueblo, se había comprometido a llevarme diariamente a Corbury Flats, donde yo debía tomar el tren para Junction. Pero a mediados del invierno, los caballos de Eady cayeron víctimas de una epidemia local. La enfermedad se extendió a las demás cuadras de Starkfield y durante uno o dos días me vi en un aprieto para encontrar un medio de transporte. Fue entonces cuando Harmon Gow sugirió que el bayo de Ethan Frome aún se tenía en pie y que a su dueño quizá le viniera bien llevarme.

Me quedé perplejo ante la sugerencia.

La respuesta de Harmon me sorprendió aún más.

Me habían dicho que Frome era pobre, y que el aserradero y las áridas tierras de su granja apenas daban lo suficiente para mantener a su familia durante el invierno; pero no lo había supuesto en tal estado de necesidad como daban a entender las palabras de Harmon, y así expresé mi asombro.

—Bueno, las cosas no le han ido demasiado bien —dijo Harmon—. Cuando un hombre se pasa veinte años o más apoltronado como un trasto viejo, viendo todo lo que hay por hacer, la cosa le come por dentro y pierde todo el brío. La granja de los Frome siempre estuvo más pelada que el cuenco de la leche después de que pasara el gato; y ya sabe lo que vale hoy en día uno de esos viejos molinos de agua. Cuando Ethan podía sudar la gota gorda en ambos sitios de sol a sol, a duras penas les arrancaba el sustento; pero incluso entonces los suyos se lo comían casi todo, y no veo cómo se las apaña ahora. Primero a su padre le dio una coz, mientras recogía el heno, y se le reblandeció el cerebro; repartió dinero como si fueran versículos de la Biblia antes de morirse. Luego a su madre le dio por las rarezas y se pasó años arrastrándose, débil como un bebé; y su mujer, Zeena, siempre ha sido la más aficionada a médicos y remedios de todo el condado. Enfermedades y problemas: de eso ha tenido Ethan el plato lleno, y desde el primer día.