La bolsa de huesos

Eduardo Ladislao Holmberg

Portada de La bolsa de huesos

El misterio no reside en la muerte, sino en los secretos que los muertos dejan atrás. Un estudiante de medicina fascinado por la anatomía adquiere, casi por azar, una misteriosa bolsa con restos humanos para sus prácticas de laboratorio. Sin embargo, lo que prometía ser una sesión ordinaria de estudio se transforma en una obsesión febril cuando el examen de los huesos revela indicios de un enigma oscuro, perturbador y delictivo. Guiado por la curiosidad científica y una creciente agitación psicológica, el joven se adentra en una investigación detectivesca que lo llevará a desenterrar las pasiones, tragedias y bajezas humanas que condujeron a ese trágico final. Publicada a finales del siglo XIX, La bolsa de huesos es una pieza clave en los inicios de la narrativa fantástica y policial rioplatense. Con una maestría adelantada a su época, Eduardo L. Holmberg teje una trama gótica y psicológica donde la ciencia positivista se cruza con el misterio, atrapando al lector en una atmósfera magnética de la que es imposible escapar.

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Capítulo 1

Señor D. Belisario Otamendi

Estimado amigo:

Cometería un acto de insolente modestia si no consignara aquí que usted escuchó la lectura de este juguete policial con toda la atención que corresponde á una persona bien educada, y que me felicitó con las expresiones de la mayor cordialidad en el momento en que, dejándose llevar el escritor por la lógica inflexible de los sucesos, llama el pesquisante por su nombre á la persona misteriosa que motiva la indagacion.

No olvidaré tampoco sus palabras al terminar la lectura:«No soy juez en materia literaria; pero no obstante, me gusta más La bolsa de huesos

que La casa endiablada; policialmente, si fuese yo el autor, terminaría la obra con el capítulo VI. Hasta aquí no tengo pero que ponerle.»—«Amigo mio»—le dije—«usted olvida que soy yo, yo mismo, quien hace la pesquisa»—«Nada... esa persona criminal tiene que ir á manos del Juez de instruccion y luego á las del Juez del crimen.»

He consignado esto porque envuelve para mí el mayor elogio: ¡insistir con enfado el Jefe de la Oficina de pesquisas de la Policía de Buenos Ayres en llevar á la cárcel un fantasma de novela! Nunca soñé un éxito semejante.

Uno de mis mejores amigos, que durante tres años ha desempeñado fuera de aquí las más altas funciones policiales, está de acuerdo con usted en que los capítulos VII y VIII no debieron escribirse. Está furioso conmigo. No hay razon que le convenza.—«Usted es un decadente, un romántico; usted merecería que fuera cierto lo que ha escrito para que lo llevaran á la cárcel, no tanto por la parte que se adjudica en el segundo desenlace, sinó por haber redactado los dos capítulos finales» — «Pero amigo, soy yo, Doctor en Medicina de la Facultad de Buenos Ayres, quien hace la pesquisa; son el derecho y el deber del secreto médico que abren ante mi curiosidad un corazon al que aplico el remedio.» — «Bonito remedio; me quedo con La casa endiablada.»

He leído tambien la obra á otro amigo que es un excelente médico, altruista sério y poeta galano. —«Qué quiere?»-me ha dicho—«seré mal juez; pero ésta me gusta más que Nelly. Es más humana, más suya, más propia de un médico.»—¿Y los dos capítulos finales?» — «Usted no es empleado de Policía; usted tiene el derecho de no llevar sus personages á la cárcel.»

Pero, ¿cómo habría de llevarlos, si salen del tintero?

Si le citara todas las opiniones, podría usted creer que estoy perplejo. Nada de semejante cosa: respeto mucho las ajenas, y tambien respeto las mías.

Y precisamente por eso, y porque «on m'a loué comme j'aime à l'être, segun exclamó cierto dia Napoleon I, permítame ofrecerle en estas líneas de dedicatoria La bolsa de huesos, con sus dos capitulos finales, y con la idea de que la muerte no es en todos los casos un castigo para el criminal, mientras que puede ser un cielo para la conciencia.

Con un apreton de manos, le saluda afectuosamente

Eduardo Ladislao Holmberg