La enfermedad mortal
Søren Kierkegaard
«La desesperación es una enfermedad en el espíritu, en el yo, y por lo tanto puede ser una de tres cosas: la desesperación por no ser consciente de tener un yo; la desesperación por no querer ser uno mismo; o la desesperación por querer ser uno mismo». ¿Qué es lo que verdaderamente nos enferma por dentro? Para el padre del existencialismo, la peor dolencia que puede sufrir el ser humano no afecta al cuerpo, sino al espíritu: es la desesperación, la auténtica «enfermedad mortal». Publicada en 1849, La enfermedad mortal (también conocida como Tratado de la desesperación) es una obra cumbre del análisis psicológico y teológico. En ella, Søren Kierkegaard disecciona con la precisión de un cirujano los recovecos de la conciencia humana. El autor sostiene que vivir desesperado —ya sea por huir de lo que somos, por el empeño obstinado de fabricarnos una identidad falsa, o por la profunda ignorancia de nuestra propia alma— es el estado natural de la humanidad lejos de lo trascendente. Con una lucidez que se adelantó por décadas al psicoanálisis de Freud y a la filosofía existencial de Sartre y Heidegger, este libro no ofrece consuelos fáciles. Es un espejo implacable que nos obliga a mirar de frente nuestra propia finitud, nuestras contradicciones y el vértigo de nuestra libertad.
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Capítulo 1
PRÓLOGO
Es posible que a mas de un lector esta forma de exposición le resulte singular; que le parezca demasiado severa para edificar, y demasiado edificante para poseer rigor especulativo. No sé si es demasiado edificante, pero no creo que sea demasiado severa. Y si en verdad lo fuese, sería en mi opinión un defecto. La cuestión no consiste en que no pueda edificar a todos, pues no todos estamos en condiciones de seguirla; pero sí, que sea edificante por naturaleza. La regla cristiana, en efecto quiere que todo, que todo sirva para edificar. Una especulación que no lo consigue es, de golpe, acristiana. Una exposición cristiana siempre debe recordar los consejos de un médico dados en la cabecera del lecho de un enfermo; incluso sin necesidad de ser profano para comprenderlos, nunca hay que olvidar el lugar en que se emiten.
Esta intimidad de todo pensamiento cristiano con la vida (en contraste con las distancias que guarda la especulación), o aun, este aspecto ético del cristianismo, precisamente, implica que se edifica; y una separación radical, una diferencia de naturaleza distingue una exposición de este género, cualquiera sea su rigor, de aquella especie de especulación que pretende ser imparcial, y cuyo sedicente heroísmo sublime, lejos de serlo de verdad, es por el contrario, para el cristiano, sólo una manera inhumana de curiosidad. Atreverse a ser enteramente uno mismo, atreverse a realizar un individuo, no tal o cual, sino éste, aislado ante Dios, sólo en la inmensidad de su esfuerzo y de su responsabilidad, tal es el heroísmo cristiano y, reconozcamos su rareza probable. ¿Pero acaso encuéntrese en el hecho de engañarse encerrándose en la humanidad pura o en jugar a quién se asombrará ante la historia universal? Todo conocimiento cristiano, por estricta que sea por lo demás su forma, es y debe ser inquietud; pero esta inquietud misma edifica. Esa inquietud es el verdadero comportamiento con respecto a la vida, con respecto a nuestra realidad personal y, por consiguiente, para el cristiano, es la seriedad por excelencia. La altivez de las ciencias imparciales, lejos de ser una seriedad todavía superior, no es para él más que farsa y vanidad.
Pero lo serio, os digo, es lo edificante.
En cierto sentido, pues, este librito pudo escribirlo un estudiante de teología y, en otro, quizá, no importa cuál profesor no habría podido realizarlo.
Mas tal cual es, el atavío de este tratado no es, al menos, irreflexivo, ni carece de posibilidades de precisión psicológica. Es cierto que existe un estilo más solemne; pero la solemnidad a tal grado ya no tiene sentido, y por fuerza de la costumbre, cae fácilmente en la insignificancia.
Por lo demás, haré todavía una observación, sin duda superflua, pero que sin embargo formularé: de una vez por todas tengo que hacer observar la acepción que en todas las siguientes páginas tiene la desesperación: como el título lo indica, es la enfermedad, no el remedio. En esto consiste su dialéctica. Del mismo modo que en la terminología cristiana la muerte expresa también la peor miseria espiritual, aun cuando la curación misma sea morirse, morirse para el mundo.
EXORDIO Esta enfermedad no es de muerte (Juan, XI, 4) y, sin embargo, Lázaro murió; pero como los discípulos no comprendían la continuación: Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero yo voy a despertarlo de su sueño, el Cristo les dijo sin ambigüedad: Lázaro está muerto, (XI, 14). Por lo tanto, Lázaro está muerto y, no obstante, no se trata de una enfermedad mortal; es un hecho que está muerto, sin haber estado, sin embargo, enfermo de muerte.
Evidentemente el Cristo pensaba aquí en aquel milagro que mostraría a sus contemporáneos, es decir a quienes pueden creer, la gloria de Dios, en ese milagro que despertó a Lázaro de entre los muertos; de modo que esa enfermedad no sólo no era de muerte, sino que la predijo, a la gloria de Dios, a fin de que el hijo de Dios fuera glorificado por ella.
¡Pero incluso si el Cristo no hubiera despertado a Lázaro, no sería menos cierto que esa enfermedad, la muerte misma, no es la muerte!
A partir del momento en que el Cristo se aproxima a la tumba exclamando: ¡Lázaro, levántate y anda! (XI, 43), estamos seguros de que esa enfermedad no es de muerte. Pero incluso sin esas palabras, nada más que acercándose a la tumba, Él, que es la Resurrección y la Vida (XI, 25), ¿no indica que esa enfermedad no es de muerte? ¿Y por la existencia misma del Cristo no es evidente? ¡Qué beneficio para Lázaro es ser resucitado para tener que morir finalmente! ¿Qué beneficio sin la existencia de Aquel que es la Resurrección y la Vida para cualquier hombre que crea en Él? No, no es por la resurrección de Lázaro que esa enfermedad no es de muerte, sino porque Él es, por Él. Pues en el lenguaje de los hombres, la muerte es el fin de todo y como ellos dicen, mientras dura la vida, dura la esperanza. Pero para el cristianismo, de ningún modo la muerte es el fin de todo, ni un simple episodio perdido en la única realidad que es la vida eterna; y ella implica infinitamente más esperanza de la que comporta para nosotros la vida, incluso desbordante de salud y de fuerza.
Así, para el cristianismo, ni la misma muerte es la enfermedad mortal, y aun menos todo lo que surge de los sufrimientos temporales: penas, enfermedades, miserias, aflicción, adversidades, torturas del cuerpo y del alma, pesares y quebrantos. Y de todo este fardo, por pesado y duro que sea para los hombres, al menos para quienes lo sufren, aun cuando anden diciendo: la muerte no es peor, de todo este fardo semejante a las enfermedades, aun cuando no sea una de ellas, nada es para el cristianismo la enfermedad mortal.
Tal es el modo magnánimo con que el cristianismo enseña al cristiano a pensar acerca de todas las cosas de aquí abajo, comprendida entre ellas la muerte. Casi resulta como si tuviera que enorgullecerse de estar con altanería por encima de los que de ordinario se trata como desgracia, por encima de lo que de ordinario se considera el peor de los males ... Pero, en cambio, el cristianismo ha descubierto una miseria cuya existencia ignora el hombre, como hombre; y es ella la enfermedad mortal. El hombre natural podrá enumerar todo lo horrible... y agotarlo todo; el cristiano se ríe del balance. Esta distancia del hombre natural al cristiano es como la del niño al adulto: no es nada para el adulto. El niño no sabe qué es lo horrible, pero el hombre lo sabe y tiembla. El defecto de la infancia es, en primer término, no conocer lo horrible y, en segundo término, temblar de aquello que no es de temer, lo mismo le sucede al hombre natural; ignora dónde se halla realmente el horror, lo que no le exime de temblar, pero tiembla de lo que no es lo horrible. De igual modo, el pagano en su relación con la divinidad; no sólo desconoce al verdadero Dios, sino también adora como dios a un ídolo.
El cristiano en el único en saber qué es la enfermedad mortal. El cristianismo le da un coraje que desconoce el hombre natural, un coraje que recibe con el temor a un grado más de lo horrible. Ciertamente, siempre nos es dado el coraje; y el pavor a un peligro mayor nos da ánimo para afrontar no menos; y el temor infinito a un único peligro, nos hace inexistentes todos los demás. Pero la horrible lección del cristiano es haber aprendido a conocer la Enfermedad mortal.