Arsène Lupin, caballero ladrón
Maurice Leblanc
Sumérgete en el elegante y peligroso mundo de Arsène Lupin, el caballero ladrón que ha cautivado a generaciones de lectores con su ingenio, su audacia y su incomparable sentido del humor. En esta serie de relatos fascinantes, Lupin desafía las normas de la alta sociedad parisina y burla con maestría a la policía, no por simple avaricia, sino por el placer del juego, el desafío intelectual y, en ocasiones, un sentido de la justicia muy particular. Ya sea robando una joya incalculable de un transatlántico, escapando de una celda imposible o resolviendo enigmas que desconciertan al mismísimo detective Herlock Sholès, cada aventura es una demostración brillante de astucia y disfraz.
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Capítulo 1
¡Qué extraño viaje! ¡Y eso que había empezado tan bien! Por mi parte, nunca hice uno que se anunciara bajo tan felices auspicios. El Provence es un transatlántico rápido, confortable, comandado por el más afable de los hombres. La sociedad más selecta se encontraba allí reunida. Se entablaban relaciones, se organizaban diversiones. Teníamos esa exquisita impresión de estar separados del mundo, reducidos a nosotros mismos como en una isla desconocida y obligados, por consiguiente, a acercarnos los unos a los otros.
Y nos acercábamos...
¿Han pensado alguna vez en lo que hay de original e imprevisto en esta agrupación de seres que, la víspera aún, no se conocían, y que, durante unos días, entre el cielo infinito y el mar inmenso, van a vivir la vida más íntima, a desafiar juntos las iras del océano, el aterrador asalto de las olas, la perversidad de las tempestades y la calma solapada del agua dormida?
Es, en el fondo, la vida misma, vivida en una suerte de trágico resumen, con sus tormentas y sus grandezas, su monotonía y su diversidad; y he ahí por qué, quizá, se saborea con una prisa febril y una voluptuosidad tanto más intensa este corto viaje cuyo fin se divisa en el mismo momento en que comienza.
Pero, desde hace varios años, sucede algo que añade una singular emoción a la travesía. La pequeña isla flotante depende aún de ese mundo del que uno se creía emancipado. Subsiste un lazo que solo se desata poco a poco en pleno océano y que, poco a poco, en pleno océano, se vuelve a anudar. ¡El telégrafo sin hilos! ¡Una llamada de otro universo, de donde se reciben noticias de la manera más misteriosa que existe! La imaginación ya no tiene el recurso de evocar los hilos de hierro por cuyo interior se desliza el mensaje invisible. El misterio es aún más insondable, y también más poético, y es a las alas del viento a lo que hay que recurrir para explicar este nuevo milagro.
Así, durante las primeras horas, nos sentimos seguidos, escoltados, incluso precedidos por esa voz lejana que, de vez en cuando, susurraba a uno de nosotros algunas palabras de tierra firme. Dos amigos me hablaron. Otros diez, otros veinte, nos enviaron a todos, a través del espacio, sus adioses entristecidos o sonrientes.
Ahora bien, el segundo día, a quinientas millas de las costas francesas, en una tarde tormentosa, el telégrafo sin hilos nos transmitió un despacho cuyo tenor era el siguiente:
«Arsène Lupin a bordo, primera clase, cabello rubio, herida antebrazo derecho, viaja solo, bajo el nombre de R...»
En ese preciso instante, un violento trueno estalló en el cielo sombrío. Las ondas eléctricas se interrumpieron. El resto del despacho no nos llegó. Del nombre bajo el cual se ocultaba Arsène Lupin, solo se supo la inicial.
De haberse tratado de cualquier otra noticia, no dudo de que el secreto habría sido guardado escrupulosamente por los empleados del puesto telegráfico, así como por el comisario de a bordo y el comandante. Pero hay acontecimientos que parecen forzar la más rigurosa discreción. Ese mismo día, sin que nadie pudiera decir cómo se había corrido la voz, todos sabíamos que el famoso Arsène Lupin se ocultaba entre nosotros.
¡Arsène Lupin entre nosotros! ¡El inasible ladrón cuyas proezas se contaban en todos los periódicos desde hacía meses! ¡El enigmático personaje con quien el viejo Ganimard, nuestro mejor policía, había entablado ese duelo a muerte cuyas peripecias se desarrollaban de manera tan pintoresca! Arsène Lupin, el fantasioso *gentleman* que solo opera en castillos y salones, y que, una noche en que había penetrado en casa del barón Schormann, se marchó con las manos vacías y dejó su tarjeta, adornada con esta fórmula: «Arsène Lupin, *gentleman-cambrioleur*, volverá cuando los muebles sean auténticos». Arsène Lupin, el hombre de los mil disfraces: ¡alternativamente chófer, tenor, *bookmaker*, hijo de buena familia, adolescente, anciano, viajante de comercio marsellés, médico ruso, torero español!
Imagínese bien la escena: Arsène Lupin yendo y viniendo en el marco relativamente restringido de un transatlántico; ¡qué digo!, en ese pequeño rincón de primera clase donde nos encontrábamos a cada instante, en ese comedor, en ese salón, en ese fumadero. Arsène Lupin era quizá este señor... o aquel... mi vecino de mesa... mi compañero de camarote...
—¡Y esto va a durar todavía cinco veces veinticuatro horas! —exclamó al día siguiente miss Nelly Underdown—. ¡Pero esto es intolerable! Espero que lo arresten.
Y dirigiéndose a mí:
—A ver, monsieur d'Andrézy, usted que ya se lleva tan bien con el comandante, ¿no sabe nada?
¡Cuánto habría querido saber algo para complacer a miss Nelly! Era una de esas magníficas criaturas que, dondequiera que están, ocupan de inmediato el lugar más prominente. Su belleza deslumbraba tanto como su fortuna. Tenían una corte, devotos, entusiastas.
Educada en París por una madre francesa, iba a reunirse con su padre, el riquísimo Underdown, de Chicago. La acompañaba una de sus amigas, lady Jerland.
Desde la primera hora, había presentado mi candidatura para un *flirt*. Pero, en la rápida intimidad del viaje, su encanto me había turbado enseguida, y me sentía demasiado conmovido para un simple coqueteo cuando sus grandes ojos negros se encontraban con los míos. Sin embargo, ella acogía mis homenajes con cierto favor. Se dignaba a reír con mis ocurrencias y a interesarse por mis anécdotas. Una vaga simpatía parecía responder a la solicitud que le demostraba.
Un solo rival quizá me habría inquietado: un joven bastante apuesto, elegante, reservado, cuyo talante taciturno parecía ella preferir a veces a mis maneras más extrovertidas de parisino.
Formaba parte, precisamente, del grupo de admiradores que rodeaba a miss Nelly cuando ella me interrogó. Estábamos en cubierta, cómodamente instalados en mecedoras. La tormenta de la víspera había despejado el cielo. La hora era deliciosa.
—No sé nada preciso, señorita —le respondí—, pero ¿acaso es imposible que dirijamos nosotros mismos la investigación, tan bien como lo haría el viejo Ganimard, el enemigo personal de Arsène Lupin?
—¡Oh, oh! ¡Se adelanta usted mucho!
—¿En qué? ¿Acaso el problema es tan complicado?
—Muy complicado.
—Es que olvida usted los elementos que tenemos para resolverlo.
—¿Qué elementos?
—1.º: Lupin se hace llamar monsieur R...
—Una seña un tanto vaga.
—2.º: Viaja solo.
—¡Como si esa particularidad bastara!
—3.º: Es rubio.
—¿Y entonces?
—Entonces, no nos queda más que consultar la lista de pasajeros y proceder por eliminación.
Tenía esa lista en el bolsillo. La saqué y la recorrí.
—Advierto primero que solo hay trece personas cuya inicial las señala a nuestra atención.
—¿Trece solamente?
—En primera clase, sí. De estos trece señores R..., como puede usted comprobar, nueve viajan acompañados de mujeres, niños o sirvientes. Quedan cuatro personajes aislados: el marqués de Raverdan...
—Secretario de embajada —interrumpió miss Nelly—. Lo conozco.
—El mayor Rawson...
—Es mi tío —dijo alguien.
—Monsieur Rivolta...
—¡Presente! —exclamó uno de nosotros, un italiano cuyo rostro desaparecía bajo una barba del más hermoso negro.
Miss Nelly estalló en carcajadas.
—El señor no es precisamente rubio.
—Entonces —proseguí—, estamos obligados a concluir que el culpable es el último de la lista.
—¿Es decir?
—Es decir, monsieur Rozaine. ¿Alguien conoce a monsieur Rozaine?
Se hizo el silencio. Pero miss Nelly, interpelando al joven taciturno cuya asiduidad cerca de ella me atormentaba, le dijo:
—Y bien, monsieur Rozaine, ¿no responde usted?
Todos los ojos se volvieron hacia él. Era rubio.
He de confesarlo, sentí una pequeña sacudida en mi interior. Y el silencio incómodo que se apoderó de nosotros me indicó que los demás presentes experimentaban también esa especie de sofoco. Era absurdo, por otra parte, pues en verdad nada en el porte de aquel señor permitía que se le sospechara.
—¿Que por qué no respondo? —dijo—. Pues porque, visto mi nombre, mi condición de viajero solitario y el color de mi cabello, ya he realizado una investigación análoga y he llegado al mismo resultado. Así que soy de la opinión de que se me arreste.
Tenía un aire extraño al pronunciar esas palabras. Sus labios, finos como dos trazos inflexibles, se contrajeron aún más y palidecieron. Unos hilos de sangre surcaron sus ojos.
Ciertamente, bromeaba. Sin embargo, su fisonomía, su actitud, nos impresionaron. Ingenuamente, miss Nelly preguntó:
—Pero ¿usted no tiene ninguna herida?
—Es cierto —dijo él—, la herida falta.
Con un gesto nervioso se remangó el puño y descubrió su brazo. Pero al instante una idea me asaltó. Mis ojos se cruzaron con los de miss Nelly: había mostrado el brazo izquierdo.
Y, a fe mía, iba a señalarlo claramente, cuando un incidente desvió nuestra atención. Lady Jerland, la amiga de miss Nelly, llegaba corriendo.
Estaba alteradísima. Nos arremolinamos a su alrededor, y solo después de muchos esfuerzos logró balbucear:
—¡Mis joyas, mis perlas!... ¡Se lo han llevado todo!...
No, no se lo habían llevado todo, como supimos después; algo mucho más curioso: ¡habían elegido!
De la estrella de diamantes, del colgante de cabujones de rubí, de los collares y pulseras rotos, se habían llevado no las piedras más grandes, sino las más finas, las más preciosas; aquellas, se habría dicho, que tenían más valor ocupando menos espacio. Las monturas yacían allí, sobre la mesa. Yo las vi, todos las vimos, despojadas de sus joyas como flores a las que se les hubieran arrancado los hermosos pétalos centelleantes y coloridos.
Y para ejecutar este trabajo, había sido necesario, durante la hora en que lady Jerland tomaba el té, a plena luz del día y en un pasillo concurrido, forzar la puerta del camarote, encontrar un pequeño bolso disimulado a propósito en el fondo de una sombrerera, ¡abrirlo y elegir!
No hubo más que un grito entre nosotros. No hubo más que una opinión entre todos los pasajeros cuando se supo del robo: es Arsène Lupin. Y, de hecho, era su manera de actuar: complicada, misteriosa, inconcebible... y, sin embargo, lógica, pues si era difícil ocultar la masa voluminosa que habría formado el conjunto de las joyas, ¡cuánto menor era la dificultad con pequeñas cosas independientes las unas de las otras, como perlas, esmeraldas y zafiros!
Y en la cena, sucedió esto: a derecha e izquierda de Rozaine, los dos asientos permanecieron vacíos. Y por la noche se supo que había sido convocado por el comandante.
Su arresto, que nadie puso en duda, causó un verdadero alivio. Por fin se respiraba. Esa noche se jugó a juegos de salón. Se bailó. Miss Nelly, sobre todo, mostró una alegría arrebatadora que me hizo ver que, si los homenajes de Rozaine le habían podido agradar al principio, apenas se acordaba ya de ellos. Su gracia acabó de conquistarme. Hacia medianoche, a la serena claridad de la luna, le declaré mi devoción con una emoción que no pareció desagradarle.
Pero al día siguiente, para estupefacción general, se supo que, al no ser suficientes los cargos presentados contra él, Rozaine estaba libre.
Hijo de un importante comerciante de Burdeos, había exhibido papeles perfectamente en regla. Además, sus brazos no ofrecían la menor traza de herida.
—¡Papeles! ¡Actas de nacimiento! —exclamaron los enemigos de Rozaine—. ¡Pero si Arsène Lupin les proporcionará tantos como quieran! En cuanto a la herida, o no la ha recibido... ¡o ha borrado la marca!
Se les objetaba que a la hora del robo, Rozaine —estaba demostrado— se paseaba por cubierta.
A lo que ellos replicaban: —¿Acaso un hombre de la talla de Arsène Lupin necesita presenciar el robo que comete?
Y además, al margen de cualquier otra consideración, había un punto sobre el cual ni los más escépticos podían discutir: ¿quién, salvo Rozaine, viajaba solo, era rubio y llevaba un nombre que empezaba por R? ¿A quién designaba el telegrama, si no era a Rozaine?
Y cuando Rozaine, unos minutos antes del almuerzo, se dirigió audazmente hacia nuestro grupo, miss Nelly y lady Jerland se levantaron y se alejaron.
Era, simple y llanamente, miedo.
Una hora más tarde, una circular manuscrita pasaba de mano en mano entre los empleados de a bordo, los marineros y los viajeros de todas las clases: Monsieur Louis Rozaine prometía una suma de diez mil francos a quien desenmascarara a Arsène Lupin o encontrara al poseedor de las piedras robadas.
—Y si nadie me ayuda contra ese bandido —declaró Rozaine al comandante—, yo mismo me encargaré de él.
Rozaine contra Arsène Lupin o, más bien, según el dicho que corrió, Arsène Lupin contra sí mismo. ¡La lucha no carecía de interés!
Se prolongó durante dos jornadas. Se vio a Rozaine errar de un lado a otro, mezclarse con el personal, interrogar, husmear. Por la noche, se divisó su sombra rondando.
Por su parte, el comandante desplegó la más enérgica actividad. De arriba abajo, en todos los rincones, el Provence fue registrado. Se hicieron pesquisas en todos los camarotes, sin excepción, bajo el justísimo pretexto de que los objetos estarían escondidos en cualquier lugar, salvo en el camarote del culpable.
—¿Se acabará descubriendo algo, verdad? —me preguntaba miss Nelly—. Por muy hechicero que sea, no puede hacer que los diamantes y las perlas se vuelvan invisibles.
—Claro que sí —le respondía yo—. O si no, habría que registrar el forro de nuestros sombreros, el de nuestras chaquetas y todo lo que llevamos encima.
Y mostrándole mi Kodak, un 9x12 con el que no me cansaba de fotografiarla en las más diversas posturas:
—¿No cree usted que solo en un aparato no más grande que este habría sitio para todas las piedras preciosas de lady Jerland? Se finge que se toman fotografías, y listo.
—Pero he oído decir que no hay ladrón que no deje tras de sí algún indicio.
—Hay uno: Arsène Lupin.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque no piensa solo en el robo que comete, sino en todas las circunstancias que podrían delatarlo.
—Al principio, usted se mostraba más confiado.