Los crímenes de la calle Morgue

Edgar Allan Poe

Portada de Los crímenes de la calle Morgue

Dos mujeres asesinadas. Una habitación cerrada por dentro. Un misterio que desafía a la lógica humana. En una lúgubre noche parisina, los gritos de agonía procedentes de un edificio de la calle Morgue despiertan a todo el vecindario. Al derribar la puerta de la vivienda, la policía se encuentra con una escena dantesca y brutal: el cuerpo de una joven ha sido encajado a la fuerza en el cañón de la chimenea y, en el patio trasero, su madre yace degollada con una violencia casi inhumana. Lo más desconcertante es que todas las puertas y ventanas están selladas por dentro, y los testigos afirman haber escuchado dos voces, una de las cuales hablaba en un idioma extranjero imposible de identificar. Ante el absoluto desconcierto de las autoridades, C. Auguste Dupin —un caballero de mente analítica e implacable— decide investigar el caso por su cuenta. Utilizando un método de deducción nunca antes visto, Dupin se sumergirá en las sombras de París para demostrar que ningún crimen es perfecto cuando se enfrenta al poder de la mente. Con este relato magistral, Edgar Allan Poe no solo sembró el terror en el corazón de sus lectores, sino que cambió la literatura para siempre al inventar el género policíaco.

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Capítulo 1

¿Cuál era el canto de las Sirenas, ó qué nombre; tomó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres y aunque cuestiones difíciles, no están fuera de toda conjetura.

SIR THOMAS BROWNE

Las facultades mentales definidas como las analíticas, son en sí mismas muy poco susceptibles de análisis. Las apreciamos únicamente en sus efectos. Sabemos de ellas, entre otras cosas, que son siempre para su poseedor, cuando las posee de una manera poco ordinaria, una fuente de vivísimos placeres. Así como el hombre fuerte se regocija en ejercicios que llamen sus músculos á la acción, el analista goza con esa actividad moral que desembrolla. Encuentra gusto hasta en las más triviales ocupaciones que pongan en juego su talento. Ama los enigmas, acertijos, jeroglíficos; exhibiendo en las soluciones de cada uno, un grado de penetración, que parece sobrenatural al vulgo. Sus resultados, obtenidos por la verdadera alma y esencia del método, tienen, á la verdad, todo el aspecto de la intuición.

La facultad de resolución es probablemente muy vigorizada por los estudios matemáticos,·y en particular por la importante rama de ellos, que injustamente y solo por sus retrógradas operaciones, ha sido llamada, como por excelencia, análisis. Pues, calcular, no es analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, hace muy bien lo uno sin lo otro. Se sigue de eso, que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el espíritu, está erróneamente apreciado. No estoy escribiendo un tratado, sino un simple prefacio sobre una narración singular; y éstas son observaciones hechas á la ligera; tendré sin embargo, ocasión de mostrar que el alto poder del intelecto reflexivo, es más decididamente y mejor ocupado por el humilde juego de damas que por toda la primorosa frivolidad del ajedrez. En este último, en que las piezas tienen diferentes y caprichosos movimientos, con varios y variables valores, lo que es únicamente complejo, es tomado (error muy general) por profundo. La atención es puesta poderosamente en juego. Si se debilita un instante, se comete una torpeza y las resultas son una pérdida ó una derrota. Siendo los movimientos posibles, no solamente múltiples sino complicados, las probabilidades de tales torpezas son muchas; y en nueve casos sobre diez, es el más concentrado y no el más perspicaz, el que gana. En las damas, al contrario, donde los movimientos son únicos y tienen poca variación, donde las probabilidades de la inadvertencia se hallan disminuídas, y la simple atención dejada comparativamente sin empleo, todas las ventajas que obtiene cada parte, son obtenidas por la más grande penetración.

Para cesar en abstracciones, supongamos una partida de damas en que las piezas están reducidas á cuatro, por lo que naturalmente no debe esperarse ninguna torpeza. Es obvio que aquí la victoria puede ser decidida (siendo los jugadores de la misma fuerza) solamente por un movimiento hábil, resultado de algún gran esíuerzo de la inteligencia. Desprovisto de los recursos vulgares, el analista entra en el espíritu de su adversario, se identifica con él, y frecuentemente ve de una sola ojeada, el único método (algunas veces absurdamente simple) por el que puede seducirlo á errar ó precipitarlo á calcular mal.

El whist ha sido largo tiempo citado por su influencia sobre lo que se llama poder calculador; y se han conocido hombres de la más notable inteligencia que parecían tomar una indecible delicia en él, evitando el· ajedrez como un juego frívolo. Sin duda, no hay nada de naturaleza similar que ocupe más fuertemente la facultad del análisis. El mejor jugador de ajedrez de la Crisliandad, puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero perfección en el whist implica capacidad para salir bien en cualquiera de las mús importantes empresas en que el talento lucha con el talento. Cuando digo perfección, entiendo esa perfección en el juego que incluye conocimiento de todas las fuentes de que pueden derivar ventajas legítimas. Éstas son no sólo diversas, sino multiformes, y existen frecuentemente entre profundidades de pensamiento inaccesibles á la comprensión común.

Observar bien, es recordar distintamente; y bajo ese punto de vista, el jugador de ajedrez que sea atento, obtendrá éxitos en el whist; pues que las reglas de Hoyle (basadas en el simple mecanismo del juego) son fácil y generalmente comprendidas. Así, tener una memoria retentiva y proceder por el de «libro», son puntos comúnmente mirados como la suma total del buen juego.

Pero es en las cuestiones fuera de los límites de la simple regla, donde se manifiesta el talento del analista. Hace, en silencio, una multidud de observaciones y deducciones. Lo mismo, quizá, hacen sus adversarios; y la diferencia en la extensión del informe obtenido, reposa, no tanto sobre la validez de la deducción como sobre la cualidad da la observación. El conocimiento necesario es el de lo que se observa. Nuestro jugador no se ciñe absolutamente a un punto: y no porque el juego es el objeto, debe rechazar deducciones de las cosas externas al juego. Examina el aspecto de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus adversarios. Considera el modo de juntar las cartas que tiene cada mano; contando á menudo, triunfo por triunfo y honor por honor, al través de las ojeadas que los ·poseedores lanzan sobre cada carta. Nota cada variación del rostro así que el juego progresa, recogiendo un fondo de pensamientos, de las diferencias en la expresión de la certidumbre, de la sorpresa, del triunfo ó de la pena. Por la manera de recoger una baza, juzga si la persona que lo efectúa, puede hacer otra en la continuación de la partida. Reconoce lo que se juega fingidamente, en el aire con que es arrojado el naipe sobre la mesa. Una palabra casual ó inadvertida, una carta que se cae ó se da vuelta por casualidad, con el acompañamiento de ansiedad ó indiferencia en la mirada, ál ocultarla; el recuento de las bazas, con el orden de su arreglo, embarazo, hesitación, vehemencia ó trepidación; todo proporciona á su percepción aparentemente intuitiva, indicaciones sobre el verdadero estado del juego.

Habiendo sido jugadas las dos ó tres primeras manos, conoce á fondo el juego de cada uno, y desde entonces, reparte sus cartas con tan absoluta precisión de objeto, como si el resto de la compañía hubiera dado vuelta las suyas.

El poder analítico no debe ser confundido con la simple ingeniosidad; porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso es á menudo incapaz de análisis. El poder de combinación ó constructividad, por el cual se manifiesta generalmente la ingeniosidad y al que los frenólogos (están equivocados, según creo) han asignado un órgano aparte, suponiéndolo una facultad primitiva, ha sido visto tan á menudo en gentes cuyo intelecto estaba cercano del idiotismo, que ha motivado discusiones entre los que escriben sobre moral.

Entre la ingeniosidad y la aptitud analítica existe una diferencia mucho más grande, á la verdad, que entre la imagen y la imaginación, pero de un carácter estrictamente análogo. Se encontrará, en fin, que el ingenioso es siempre imaginativo, y el verdadero imaginativo no es nunca otra cosa que un analista.

La narración siguiente parecerá á los lectores un comentario luminoso de las proposiciones ya avanzadas.

Residiendo en París durante la primavera y parte del verano de 18..... hice conocimiento con un señor C. Augusto Dupin. Este joven caballero era de una excelente familia — de una ilustre familia — para decir la verdad, pero por una serie de sucesos desagradables, había sido reducido á tal pobreza, que la energía de su carácter sucumbió bajo ella, y cesó de agitarse en el mundo ó de cuidar de la recuperación de su fortuna.

Por amabilidad de sus acreedores quedaba todavía en su poder una pequeña parte de su patrimonio; y con la renta que le daba, podia, por medio de una economia rigurosa, procurarse lo necesario para la vida, sin inquietarse por sus superfluidades.

Los libros, sin embargo, eran su sola lujuria, y eso en París se obtiene fácilmente.

Nuestro primer encuentro fué en una oscura librería de la calle Montmartre, donde la casualidad de encontrarnos buscando el mismo rarísimo y notable volumen, nos llevó á una intima amistad. Nos vimos siempre de más en más. Me interesó profundamente su pequeña historia de familia, que me narró con todo ese candor á que se abandona un francés siempre que el simple yo es el tema. Fui grandemente sorprendido, además, por la vasta extensión de sus lecturas; y, sobre todo, sentí mi alma prendada por el extravagante fervor y la vivida frescura de su imaginación. Buscando en París los objetos que necesitaba entonces, comprendi que la sociedad de un hombre semejante seria, para mi, un tesoro inapreciable, y este sentimiento se lo confié francamente a él mismo.

Fué, por último, decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad; y como mis humanas circunstancias eran muy poco menos embarazosas que las de él mismo, me fué permitido arrendar y amueblar en un estilo conforme á la fantástica melancolia de nuestro carácter, una grotesca y extravagante casa, desierta hacia mucho tiempo, gracias a supersticiones que no quisimos averiguar. Estaba situada en una solitaria porción del boulevard SaintGermain.

Si la rutina de nuestra vida, en aquel lugar, hubiera sido conocida del mundo, se nos habría considerado como locos — aunque, quizá, como locos de inocente naturaleza. Nuestro aislamiento era completo. No admitiamos visitas. La localidad de nuestro retiro, había sido ocultada como un secreto por mis antiguos compañeros; y hacía muchos años que Dupin habia cesado de conocer ó ser conocido de Paris. Exisliamos entre nosotros solamente.

Había un capricho en la imaginación de mi amigo (pues ¿de que otra manera podré llamarlo?) era apasionado de la noche por ella misma; y en esta extravagancia, como en todas las otras, caí pacíficamente, resignándome á sus desordenados caprichos con un perfecto abandono. La negra divinidad no podia habitar siempre con nosotros; pero la falsificábamos. Al primer albor de la mañana cerrábamos los macizos postigos de nuestra vieja casucha; encendiamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, arrojaban una luz débil y lúgubre. Con ayuda de esto, sumergíamos nuestras almas en los sueños leyendo, escribiendo ó conversando, hasta que éramos avisados, por el reloj, del advenimiento de la verdadera oscuridad.

Entonces, saliamos a la calle, del brazo, continuando los tópicos del dia, vagando por todas partes hasta una hora avanzada, buscando entre las luces y sombras de la populosa ciudad, esa multitud de excitantes mentales que la tranquila observación no puede procurar.

En aquella época no podía menos de notar y admirar (aun cuando su rica idealidad me hubiera preparado á esperarlo), una habilidad analitica peculiar en Dupin. Parecía experimentar, además una vivísima delicia en esos ejercicios — aunque no en su ostentación — y no vacilaba en confesar el placer que asi podia procurarse. Se jactaba conmigo, con una sonrisita de satisfacción, de que muchos hombres, tenían para él «ventanas» en sus pechos, y acostumbraba dar á tales acciones pruebas inmediatas, y sorprendentes de su intimo conocimiento de mí mismo. Su aspecto, en esos momentos, era frío y abstraido; sus ojos carecian de expresión, mientras, su voz, habitualmente de tenor, subía hasta un tiple que hubiera parecido petulancia á no haber sido por la gravedad y la entera claridad de la enunciación.

Observándole en esa disposición de ánimo, quedaba yo mismo meditando sobre la vieja filosofía de la doblealma, y me divertia en imaginar un doble Dupin — el creador, y el analítico.

No se debe suponer, de lo que acabo de decir, que estoy detallando un misterio ó valorizando alguna novela. Lo que le descrito acerca del francés, era simplemente el resultado de una inteligencia excitada o acaso enferma. Pero un ejemplo hará comprender mejor el carácter de sus observaciones en esa época.

Andábamos vagando una noche, por una sucia calle, en los alrededores del Palacio Real. Estando ambos aparentemente ocupados con algún pensamiento, ninguno había hablado una palabra durante un cuarto de hora, cuando menos. De repente, Dupin interrumpió el silencio.

— Es un jovencito, dijo, esa es la verdad, y estaria mejor en el Théâtre des Variétés.

— No puede haber duda en eso, repliqué inconscientemente y sin observar al principio (tan absorto estaba en mis reflexiones), la extraordinaria manera con que mi interlocutor había concordado con mi meditación. Un instante después, entré en mí mismo, y mi sorpresa fué profunda.

— Dupin, dije gravemente, no puedo comprender esto. No vacilo en decir que estoy aturdido y que puedo apenas creer en mis sentidos. ¿Cómo es posible que Vd. pudiera conocer que estaba pensando en...?

Aquí me detuve, para confirmarme en si realmente conocia mi pensamiento.

— En Chantilly, dijo ¿para qué se detiene? Observaba Vd. que la pequeña figura de ese hombre le hace impropio para la tragedia.

Esto era precisamente lo que habia formado el fondo de mis reflexiones. Chantilly era un ex-zapatero de viejo de la calle Saint-Denis, que tenía furia por el teatro y se había arriesgado en el rol de Jerjes, en la tragedia de Crebilloh, habiendo sido públicamente satirizado en cambio de sus afanes.

— Dígame Vd, ¡por el amor de Dios! exclamé, el método — si hay método — por el que ha podido Vd. sondear mi alma en este asunto. A la verdad, estaba más sorprendido de lo que hubiera querido expresar.

— Fué el frutero, replicó mi amigo, quien llevó á Vd. á la conclusión de que el remendón de suelas no tenia la altura suficiente para representar á Jerjes et id genus omne.

— ¡El frutero! Vd. me asombra, — No conozco ningún frutero.

— El hombre que llevó á Vd. por delante cuando entrábamos por la calle, hace un cuarto de hora cuando más.