Primer amor
Iván Turguénev
El despertar del corazón y el peso de la realidad. Vladímir Petróvich tiene dieciséis años cuando el verano se enciende con la llegada de Zinaída Aleksándrovna, una joven de veintiuno, magnética, caprichosa y rodeada de un séquito de admiradores. En el idílico escenario de la campiña rusa, Vladímir experimenta por primera vez el éxtasis y el tormento del amor absoluto, entregándose por completo a la fascinación que ella ejerce. Sin embargo, detrás de los juegos inocentes y las miradas compartidas, se esconde un secreto maduro y devastador. Lo que comienza como el tierno despertar de la juventud pronto choca de frente con el complejo, contradictorio y a veces cruel mundo de los adultos. Basada en las propias vivencias de juventud de Iván Turguénev, Primer amor es una de las obras cumbres del realismo ruso. Una joya literaria que disecciona con asombrosa delicadeza lírica la delgada línea que separa la inocencia de la desilusión, recordándonos que el primer amor deja una huella imborrable, pero rara vez sale ileso de la realidad.
Capítulo 1
Dedicado á P. V. Annenkov.
Los convidados se habían marchado desde hacía largo rato. En el reloj dieron las doce y media, y en la habitación no quedaban ya más que el dueño de la casa y sus dos amigos Serguey Nicolaevitch y Wladimiro Petrovitch.
El dueño llamó y dió orden de llevarse los restos de la cena.
— Asi, pues, está decidido — dijo arrellanándose más en su butaca y encendiendo un cigarro; — cada uno de nosotros debe contar la historia de su primer amor. Usted empezará, Serguey Nicolaevitch.
Serguey Nicolaevitch, un hombre regordete, rubio y de rostro colorado, miró al dueño de la casa, y después dirigió sus ojos al techo.
— Yo nunca he tenido primer amor — dijo por último;—yo empecé directamente por el segundo.
— ¡Cómo es eso!
— Muy sencillamente. Tenía yo dieciocho años, cuando por primera vez cortejé á una linda joven; pero lo hice como si tuviera experiencia, y como después se lo he hecho á otras. En puridad de verdad, yo sólo he estado enamorado por primera y última vez, cuando tenía seis años, de mi niñera. Ya comprenderéis que de esto ya hace bastante tiempo. Los detalles de estas relaciones se han borrado de mi memoria, y por lo demás, si los recordase, á nadie interesarían.
— ¿Qué hacer, pues? — dijo el anfitrión. —De mi primer amor yo no tengo nada interesante que contar. Antes de conocer á Ana Ivanovura, mi mujer actual, yo no he sentido realmente amor, y para nosotros todo fué como sobre ruedas. Nuestros padres nos habían prometido de antemano; nosotros nos gustamos rápidamente y nos casamos sin demora. He aquí mi relato en dos palabras. Os confieso, señores, que al iniciar la relación del primer amor, esperaba que vosotros, solterones, no diré viejos, pero tampoco jóvenes, tuviéseis algo curioso que decir. Quién sabe si será usted, Wladimiro Petrovitch, quien tenga algo interesante que contar.
— Mi primer amor está relacionado, en efecto,
con acontecimientos extraordinarios — contestó con un poco de perplejidad Wladimiro Petrovitch, un hombre de unos cuarenta años, y de cabellos negros que comenzaban á griscar.
— ¡Ah!— exclamaron á un tiempo el dueño de la casa y Serguey Nicolaevitch. — Tanto mejor... Cuente usted.
— Sea... ó mejor dicho, no. No lo contaré, porque no tengo grandes cualidades de narrador. Mi relato podría parecer seco y corto, ó bien muy detallado y falso; pero si me lo permitis, yo escribiré todo lo que recuerde y os lo leeré.
Los amigos, al principio no querían consentir; pero Wladimiro Petrovitch se mantuvo firme. Quince días después se reunieron de nuevo, y nuestro narrador comenzó su historia. He aquí lo que había escrito.