Santiago Damour
Émile Zola
¿Qué pasa cuando regresas del infierno y descubres que el mundo ha aprendido a vivir sin ti? Santiago Damour lo dio todo por una revolución que terminó en masacre. Tras años de trabajos forzados en una colonia penal, sobreviviendo al hambre, a la fiebre y a la brutalidad, logra lo imposible: escapar y volver a París. Regresa buscando su hogar, su vida, su identidad. Pero el tiempo es el más despiadado de los verdugos. Al llegar, se encuentra con una verdad devastadora: para el Estado es un fantasma, para sus amigos un recuerdo, y su esposa, dándolo por muerto, ha rehecho su vida en los brazos de otro hombre. En esta joya oculta del naturalismo, Émile Zola teje una narrativa eléctrica y desgarradora sobre la supervivencia, el orgullo herido y la ironía del destino. Una bofetada literaria que te arrastra de la épica de la rebelión a la intimidad más cruda de la pérdida. ¿Cuánto queda de nosotros cuando nos lo han quitado absolutamente todo?
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Capítulo 1
Allá, en Nouméa, cuando Santiago Damour dejaba vagar su mirada por el vacío horizonte del mar, creía ver dibujarse en él toda su historia, las miserias del sitio, las cóleras de la Comuna, después de aquella separación violenta que lo había arrojado tan lejos, en el abatimiento más profundo, y casi sin vida.
No era una visión clara de sus recuerdos la que le arrullaba enterneciéndole, sino el pálido reflejo que en su imaginación oscurecida por el sufrimiento, proyectaban algunos de los hechos de esa historia, que habían quedado aún en pie, y se levantaban de entre las ruinas confusas de los otros.
A los veintiséis años, Santiago se había casado con Felicia, hermosa muchacha de diez y ocho, que era sobrina de una frutera de la Villette, a quien él alquilaba un cuarto. Santiago era cincelador sobre metales, y ganaba hasta doce francos por día; ella al principio había sido costurera, pero luego que tuvieron un niño, se dedicó a la crianza de su hijo y al cuidado de su casa.
Eugenio se desarrollaba con lozanía. Nueve años más tarde nació una niña a quien llamaron Luisa; mucho tiempo permaneció tan enfermiza, que tuvieron que gastar una buena suma en médicos y drogas. Sin embargo, la posición de Santiago no era mala; algunas veces celebraba el lunes, pero aun entonces se mostraba razonable recogiéndose temprano si había bebido mucho, y al día siguiente volvía a su trabajo, reprochándose él mismo su conducta y llamándose bueno para nada. Eugenio desde a los doce años fue puesto al torno. El rapaz sabía apenas leer y escribir y ya podía ganarse la vida.
Felicia, activa y hacendosa, manejaba la casa con acierto; un poco "miserable" algunas veces, como la llamaba su esposo, porque les servía legumbres más frecuentemente que carne, a fin de hacer economías que pudieran utilizarse en caso de desgracia. Esta fue su mejor época. Habitaban en Ménilmontant, calle de Envierges, un departamento de tres piezas, la cámara del padre y la madre, la de Eugenio, y un comedor donde habían instalado los tornos, sin contar la cocina y un gabinete para Luisa. Todo esto estaba situado en el fondo del patio de un pequeño edificio; pero no por esto carecían de aire, pues las ventanas daban sobre un gran corral de demoliciones, donde desde en la mañana hasta en la tarde venían los carros a descargar escombros.
Cuando estalló la guerra, los Damour habitaban en la calle de los Envierges desde hacía diez años. Felicia, aunque ya se aproximaba a los cuarenta años, se conservaba aún joven, y aunque había engordado bastante, tenía siempre toda la gracia y proporciones que la hacían la matrona hermosa del barrio. Santiago, por el contrario, parecía que se había secado, y los ocho años que le separaban de su mujer le hacían parecer viejo delante de ella. Luisa, fuera de peligro pero siempre delicada, tenía alguna semejanza con su padre, a lo menos en sus delgadas formas y aspecto enfermizo. Eugenio, de diez y nueve años entonces, tenía la estatura alta y la espalda ancha, como su madre.
Vivían los tres en estrecha unión, fuera de algunos lunes que Santiago y Eugenio se entretenían en casa de los comerciantes de vino. Felicia entonces se ponía furiosa, y dos o tres veces riñó seriamente con su marido; pero estos disgustos jamás eran de consecuencia, pues el único culpable era el vino; así es que, pasados los momentos de arrebato, todo volvía a quedar en paz, siendo esta familia la más arreglada de toda la casa, y citándosele frecuentemente como modelo.
Cuando los prusianos marcharon sobre París y comenzó el terrible sitio, la familia Damour contaba con más de mil francos, fruto de sus economías, lo que hacía en verdad mucho honor a Santiago y a su mujer, que no siendo más que unos pobres obreros y teniendo que educar y sostener dos hijos, habían podido reunir esa cantidad.
Los primeros meses del sitio no fueron, pues, muy penosos para los Damour. En el comedor donde los tornos dormían, se comía aún pan blanco y carne. Y todavía, conmovido por la miseria de un vecino, un gran diablo de pintor que vivía en el mismo edificio, llamado Berru, y que se moría de hambre, Santiago pudo hacerle la caridad de invitarlo a comer con él alguna vez, y bien pronto él vino por su cuenta en la mañana y en la noche. Era un farsante que tenía gran locuacidad y conseguía fácilmente desarmar a Felicia, inquieta y revelada contra aquella boca incansable que engullía lo mejor de sus economías.
Por la tarde se jugaba a las cartas apostando contra los prusianos. Berru, muy patriota, hablaba de cavar minas en el campo e ir así hasta las baterías de Châtillon y de Montretout, para hacerlas saltar. Después caía sobre el gobierno, un conjunto de traidores cobardes que querían traer al trono a Enrique V, abriendo las puertas de París a Bismarck. La república de ese gobierno de traidores le hacía levantar los hombros. ¡Ah! ¡La república! Y apoyados los codos sobre la mesa, su corta pipa en la boca, explicaba a Damour un gobierno tal como él lo concebía; todos hermanos, todos libres, la riqueza para todo el mundo; la justicia, la igualdad, reinando por todas partes, por lo alto y por lo bajo.
—Como en 93 —añadía él enfáticamente.
Damour permanecía grave. Era republicano, porque desde la cuna había oído decir en torno suyo, que la república sería un día el triunfo del obrero, la felicidad universal. Pero no tenía una idea clara de la manera cómo se arreglarían las cosas para que esto se realizara. Así, escuchaba a Berru con atención, encontrando que razonaba muy bien y que infaliblemente la república llegaría tal como él la pintaba. Se entusiasmaba y creía firmemente que si París entero, los hombres, las mujeres, los niños, hubiesen marchado sobre Versailles, cantando la Marsellesa, se hubiera acogotado a los prusianos, tendido la mano a la provincia y fundado el gobierno del pueblo, el que debía dar rentas a todos los ciudadanos.
—Ten cuidado —repetía Felicia llena de desconfianza—, eso acabará mal con tu Berru. Mantenlo en hora buena, puesto que así te agrada; pero déjalo ir solo a hacerse romper la cabeza.
Ella también quería la república. En 48 su padre había muerto sobre una barricada. Solamente que este recuerdo, lejos de enloquecerla, la hacía más prudente. En lugar del pueblo, decía ella, yo sabría cómo obligar al gobierno a ser justo; yo me conduciría muy bien, me mostraría muy prudente y muy firme. Los discursos de Berru la indignaban y le causaban horror, porque no le parecían razonables. Veía que Damour cambiaba, tomaba modales y decía palabras que le desagradaban mucho. Pero estaba más inquieta aún por el aire ardiente y sombrío con que su hijo Eugenio escuchaba a Berru.
En la noche, cuando Luisa se había dormido apoyada sobre la mesa, Eugenio cruzaba los brazos, bebía lentamente un pequeño vaso de aguardiente, sin hablar, con los ojos fijos sobre el pintor, que traía siempre de París alguna historia extraordinaria de traición: los bonapartistas hacían desde Montmartre, signos sospechosos a los alemanes, o bien se habían encontrado ahogados en el Sena, sacos de harina o barriles de pólvora, arrojados por los traidores, para que la ciudad cayera más pronto en manos de los enemigos.
—¡Ved ahí a un embustero! —decía Felicia a su hijo, cuando Berru se había ido—. No vayas tú a volarte con lo que ese hombre dice. Tú sabes que él miente.
—Yo sé lo que sé —contestaba Eugenio con un gesto terrible.
Al principio de Diciembre los Damour habían agotado sus economías. A cada hora se anunciaba una derrota de los prusianos, una salida victoriosa que iba por fin a libertar a París; y la familia no se afligía mucho esperando sin cesar que el trabajo volvería pronto y todo se restablecería. Felicia hacía milagros; se habían visto obligados a comer ese pan negro del sitio, que sólo la pequeña Luisa no podía digerir.
Entonces Damour y Eugenio acabaron de calentarse la cabeza, como decía la madre. Ociosos desde la mañana hasta la noche, fuera de sus costumbres ordinarias, con los brazos pesados, desde que ya no manejaban el torno, vivían en un malestar, en un fastidio en que los asaltaban imaginaciones feroces y sangrientas. El padre y el hijo se habían alistado, por fin, en un batallón que estaba al partir; solamente que por una contraorden ese batallón, como otros muchos, no llegó a salir ni aun de las fortificaciones y permanecía acuartelado y los soldados pasaban el día en jugar a las cartas. Y allí fue donde Damour, con el estómago vacío y el corazón oprimido al saber la miseria de su familia, adquirió la convicción, escuchando las noticias de los unos y los otros, de que el gobierno había jurado exterminar al pueblo, para posesionarse de la república.
Berru tenía razón: nadie ignoraba que Enrique V estaba en San Germán, en una casa sobre la cual flotaba una bandera blanca. Pero eso terminaría. En una de las próximas mañanas se franquearía a esos pícaros que mataban de hambre y dejaban bombardear a los obreros, para dejar en buena posición a los nobles y al clero. Cuando Damour volvía a su casa con Eugenio, contagiados de la locura que fermentaba entre sus camaradas, no hablaban sino de matar a todo el mundo, y Felicia los escuchaba pálida y muda, en tanto que cuidaba con esmero a la pequeña Luisa que había vuelto a caer enferma a causa de los malos alimentos.
Al fin el sitio se acabó y los prusianos desfilaron por los Campos Elíseos. En la calle de los Envierges se comió pan blanco, que Felicia había ido a buscar a San Dionisio; pero la comida fue sombría. Eugenio, que había querido ver a los prusianos, daba detalles sobre el particular, cuando Santiago, blandiendo un tenedor, exclamó furioso, que habría sido necesario guillotinar a todos los generales. Felicia se enfadó y le arrebató el tenedor. Los días siguientes, como el trabajo no venía, se decidió ponerse a los tornos para trabajar por cuenta propia: había algunas piezas fundidas que se trataba de concluir, con la esperanza de venderlas luego.
Eugenio, que parecía no poder estar quieto en ninguna parte, abandonó el trabajo al cabo de una hora. En cuanto a Berru, había desaparecido desde el armisticio; había encontrado, sin duda, mejor mesa en otra parte. Sin embargo, una mañana se presentó con los vapores del vino en la cabeza, y refirió el negocio de los cañones de Montmartre. Por todas partes se levantaban barricadas, el triunfo del pueblo llegaba, en fin, y él venía a buscar a Damour, diciéndole que se tenía necesidad de todos los buenos ciudadanos. Damour dejó su torno a pesar de la oposición resuelta de Felicia. Era la Comuna.
Entonces, los memorables días de Marzo, Abril y Mayo transcurrieron. Cuando Damour estaba cansado y que su mujer le suplicaba que permaneciese en la casa, él respondía:
—¿Y mis treinta sueldos? ¿Quién nos dará pan?
Ella entonces bajaba la cabeza. No tenían para comer, sino los treinta sueldos del padre y los treinta del hijo, esa paga de la Guardia Nacional, que se aumentaba algunas veces con las distribuciones de vino y carne salada. Además, Damour estaba persuadido de encontrarse en el pleno goce de sus derechos, y disparaba su fusil contra los de Versailles, como hubiera disparado contra los prusianos, convencido de que salvaba a la república y aseguraba la felicidad del pueblo.
Después de las fatigas y miserias del sitio, la conmoción de la Comuna le hacía vivir en una lucha tiránica en que se agitaba en calidad de héroe oscuro, decidido a morir por la defensa de la libertad. Él no entraba en las complicaciones teóricas de la idea comunista. A sus ojos, la Comuna era simplemente la edad de oro anunciada, el principio de la felicidad universal. Y creía netamente, que en alguna parte, ya fuera en San Germán o en Versailles, había un rey pronto a restablecer la Inquisición y los derechos de los señores, si se le dejaba entrar en París. En su casa no era capaz Santiago de aplastar un insecto, pero en los puestos avanzados, fusilaba gendarmes sin escrúpulo. Cuando volvía a su casa, jadeante, negro con el sudor y la pólvora, pasaba horas enteras cerca de su hija enferma, escuchando su respiración. Felicia no se cuidaba ya de detenerlo en la casa, ella esperaba con su calma de mujer entendida, el fin de todo aquel terremoto, como le llamaba.
Sin embargo, un día se atrevió a hacer observar que aquel gran diablo de Berru, que gritaba tanto, no era tan bestia para irse a poner al alcance de los fuegos del enemigo. Había tenido la astucia de obtener una buena colocación en la Intendencia; lo que no le impedía cuando se presentaba en casa de Damour, de gran uniforme con plumas y galones, exaltar sus ideas con discursos en que hablaba de fusilar a los ministros, a la Cámara, y a todo el mundo, cuando fuera a aprehenderlos a Versailles.
—¿Por qué no va él mismo en vez de enviar a los otros? —decía Felicia.
Pero Damour respondía:
—Cállate, yo cumplo con mi deber. Tanto peor para los que no llenan el suyo.