Tratado sobre la tolerancia

Voltaire

Portada de Tratado sobre la tolerancia

«No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». En 1762, el comerciante protestante Jean Calas fue ejecutado en la rueda en Toulouse tras ser falsamente acusado de asesinar a su propio hijo para evitar que este se convirtiera al catolicismo. Ante esta atrocidad alimentada por el odio sectario, Voltaire alzó su pluma con una indignación feroz para emprender una campaña pública por la justicia que cambiaría el curso de la historia. Publicado en 1763, el Tratado sobre la tolerancia es el manifiesto resultante de ese combate. Con la ironía afilada, la agudeza intelectual y la elocuencia que lo caracterizan, el gran filósofo de la Ilustración desmonta la crueldad de la superstición y el fanatismo religioso, demostrando que la intolerancia no es solo una afrenta a la razón humana, sino una fuerza destructiva que desangra a las sociedades. A medio camino entre el alegato jurídico y la proclama filosófica, esta obra defiende la libertad de conciencia no como una concesión del poder, sino como un derecho natural inviolable. Voltaire nos recuerda que, ante la inmensidad del universo, nuestras disputas dogmáticas son insignificantes y que la compasión, la fraternidad y el respeto mutuo son las únicas bases posibles para una convivencia pacífica.

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Capítulo 1

Historia abreviada de la muerte de Jean Calas.

El asesinato de Calas, cometido en Toulouse con la espada de la Justicia, el 9 de marzo de 1762, es uno de los acontecimientos más singulares que merecen la atención de nuestra época y de la posteridad. Se olvida pronto esa multitud de muertos que pereció en innumerables batallas, no solamente porque es la fatalidad inevitable de la guerra, sino porque aquellos que mueren por la suerte de las armas podían también dar la muerte a sus enemigos, y no perecieron sin defenderse. Allí donde el peligro y la ventaja son iguales, el asombro cesa, y la piedad misma se debilita; pero si un padre de familia inocente es entregado a las manos del error, de la pasión o del fanatismo; si el acusado no tiene más defensa que su virtud; si los árbitros de su vida no arriesgan al ajusticiarlo más que la posibilidad de equivocarse; si pueden matar impunemente mediante una sentencia, entonces el clamor público se alza, cada cual teme por sí mismo, se advierte que la vida de nadie está a salvo ante un tribunal erigido para velar por la vida de los ciudadanos, y todas las voces se unen para pedir venganza.

Se trataba, en este extraño asunto, de religión, de suicidio, de parricidio; se trataba de saber si un padre y una madre habían estrangulado a su hijo para complacer a Dios, si un hermano había estrangulado a su hermano, si un amigo había estrangulado a su amigo, y si los jueces debían reprocharse el haber ajusticiado en la rueda a un padre inocente, o el haber perdonado a una madre, un hermano y un amigo culpables.

Jean Calas, de sesenta y ocho años, ejercía la profesión de comerciante en Toulouse desde hacía más de cuarenta años, y era reconocido por todos cuantos vivieron con él como un buen padre. Era protestante, así como su mujer y todos sus hijos, a excepción de uno que había abjurado de la herejía, y a quien el padre concedía una pequeña pensión. Parecía tan alejado de ese absurdo fanatismo que rompe todos los lazos de la sociedad, que aprobó la conversión de su hijo Louis Calas, y tenía desde hacía treinta años en su casa a una celosa sirvienta católica, la cual había criado a todos sus hijos.

Uno de los hijos de Jean Calas, llamado Marc-Antoine, era un hombre de letras; pasaba por un espíritu inquieto, sombrío y violento. Este joven, al no poder tener éxito en el comercio, para el cual no era apto, ni ser admitido como abogado, porque se necesitaban certificados de catolicidad que no pudo obtener, resolvió poner fin a su vida, e insinuó este propósito a uno de sus amigos; se confirmó en su resolución mediante la lectura de todo lo que jamás se ha escrito sobre el suicidio.

Finalmente, un día, habiendo perdido su dinero en el juego, eligió ese mismo día para ejecutar su designio. Un amigo de su familia y suyo, llamado Lavaisse, joven de diecinueve años, conocido por el candor y la dulzura de sus costumbres, hijo de un célebre abogado de Toulouse, había llegado de Burdeos la víspera; cenó por casualidad en casa de los Calas. El padre, la madre, Marc-Antoine, su hijo mayor, y Pierre, su segundo hijo, comieron juntos. Después de la cena se retiraron a un pequeño salón; Marc-Antoine desapareció. Finalmente, cuando el joven Lavaisse quiso partir, al bajar con Pierre Calas, encontraron abajo, junto al almacén, a Marc-Antoine en camisa, colgado de una puerta, y su chaqueta doblada sobre el mostrador. Su camisa no estaba siquiera desordenada; sus cabellos estaban bien peinados; no tenía en su cuerpo ninguna herida, ninguna contusión.

Se omiten aquí todos los detalles de los que los abogados han dado cuenta; no se describirán el dolor y la desesperación del padre y de la madre: sus gritos fueron oídos por los vecinos. Lavaisse y Pierre Calas, fuera de sí, corrieron a buscar a los cirujanos y a la Justicia.

Mientras cumplían con este deber, mientras el padre y la madre se deshacían en sollozos y lágrimas, el pueblo de Toulouse se agolpaba alrededor de la casa. Este pueblo es supersticioso y arrebatado; considera como monstruos a sus hermanos que no profesan su misma religión. Es en Toulouse donde se da gracias a Dios solemnemente por la muerte de Enrique III, y donde se juró degollar al primero que hablara de reconocer al grande y buen Enrique IV. Esta ciudad solemniza aún cada año, con una procesión y fuegos de artificio, el día en que masacró a cuatro mil ciudadanos heréticos, hace dos siglos. En vano seis decretos del Consejo han prohibido esta odiosa fiesta; los tolosanos la han celebrado siempre como los juegos florales.

Algún fanático de la plebe exclamó que Jean Calas había ahorcado a su propio hijo Marc-Antoine. Este grito, repetido, fue unánime en un instante. Otros añadieron que el difunto debía abjurar al día siguiente; que su familia y el joven Lavaisse lo habían estrangulado por odio a la religión católica. Al momento siguiente, ya no hubo duda; toda la ciudad se persuadió de que es un artículo de fe entre los protestantes que un padre y una madre deban asesinar a su hijo en cuanto este quiera convertirse.

Una vez exaltados los ánimos, ya no se detienen. Se imaginó que los protestantes del Languedoc se habían reunido la víspera; que habían elegido por pluralidad de votos a un verdugo de la secta; que la elección había recaído sobre el joven Lavaisse; que este joven, en veinticuatro horas, había recibido la noticia de su elección y había llegado de Burdeos para ayudar a Jean Calas, a su mujer y a su hijo Pierre a estrangular a un amigo, un hijo, un hermano.

El señor David, Capitoul de Toulouse, excitado por estos rumores y deseoso de hacerse valer con una pronta ejecución, instruyó un procedimiento contraviniendo las reglas y las ordenanzas. La familia Calas, la sirvienta católica y Lavaisse fueron aherrojados.

Se publicó un monitorio no menos vicioso que el procedimiento. Se fue más lejos. Marc-Antoine Calas había muerto calvinista; y si hubiera atentado contra sí mismo, debería haber sido arrastrado en la rastra. Se le inhumó con la mayor pompa en la iglesia de San Esteban, a pesar del cura, que protestaba contra tal profanación.

Hay en el Languedoc cuatro cofradías de penitentes: la blanca, la azul, la gris y la negra. Los cofrades llevan un largo capuchón con una máscara de tela perforada con dos agujeros para la vista. Quisieron persuadir al señor duque de Fitz-James, comandante de la provincia, para que entrara en su corporación, pero él se negó. Los cofrades blancos oficiaron por Marc-Antoine Calas un servicio solemne como si fuera un mártir. Jamás iglesia alguna celebró la fiesta de un verdadero mártir con más pompa; pero esta pompa fue terrible. Sobre un magnífico catafalco se había erigido un esqueleto que se hacía mover y que representaba a Marc-Antoine Calas, sosteniendo en una mano una palma y en la otra la pluma con la que debía firmar la abjuración de la herejía, y que escribía, en efecto, la sentencia de muerte de su padre.

Entonces, al desdichado que había atentado contra sí mismo ya solo le faltaba la canonización. Todo el pueblo lo consideraba un santo: algunos lo invocaban, otros iban a rezar sobre su tumba, otros le pedían milagros, otros contaban los que había obrado. Un monje le arrancó algunos dientes para tener reliquias duraderas. Una devota, un poco sorda, dijo que había oído el sonido de las campanas. Un sacerdote apoplético sanó tras haber tomado un emético. Se levantaron actas de estos prodigios. Quien escribe esta relación posee una declaración jurada de que un joven de Toulouse enloqueció por haber rezado varias noches sobre la tumba del nuevo santo sin poder obtener el milagro que imploraba.

Algunos magistrados pertenecían a la cofradía de los Penitentes blancos. Desde ese momento, la muerte de Jean Calas pareció infalible.

Lo que sobre todo preparó su suplicio fue la proximidad de esa singular fiesta que los tolosanos celebran cada año en memoria de la masacre de cuatro mil hugonotes; el año 1762 era el año secular. Se preparaba en la ciudad el aparato de esta solemnidad, lo cual encendía aún más la exaltada imaginación del pueblo. Se decía públicamente que el cadalso sobre el que se ajusticiaría en la rueda a los Calas sería el mayor ornamento de la fiesta; se decía que la Providencia misma traía a estas víctimas para ser sacrificadas a nuestra santa religión. Veinte personas oyeron estos discursos, y otros aún más violentos. ¡Y esto en nuestros días! ¡Y en un tiempo en que la filosofía ha hecho tantos progresos! ¡Y cuando cien academias escriben para inspirar la dulzura de las costumbres! Parece que el fanatismo, indignado desde hace poco por los éxitos de la razón, se debate bajo ella con más rabia.

Trece jueces se reunieron a diario para concluir el proceso. No se tenía, ni se podía tener, ninguna prueba contra la familia; pero la religión engañada hacía las veces de prueba. Seis jueces persistieron largo tiempo en condenar a Jean Calas, a su hijo y a Lavaisse a la rueda, y a la mujer de Jean Calas a la hoguera. Otros siete, más moderados, querían al menos que se investigara. Los debates fueron reiterados y largos. Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusados y de la imposibilidad del crimen, habló con vehemencia en su favor; opuso el celo de la humanidad al celo de la severidad; se convirtió en el abogado público de los Calas en todas las casas de Toulouse, donde los gritos continuos de la religión engañada pedían la sangre de estos infortunados. Otro juez, conocido por su violencia, hablaba en la ciudad con tanto arrebato contra los Calas como afán mostraba el primero en defenderlos. Finalmente, el escándalo fue tan grande que ambos se vieron obligados a recusarse y se retiraron al campo.

Pero, por una extraña desdicha, el juez favorable a los Calas tuvo el escrúpulo de persistir en su recusación, y el otro regresó para emitir su voto contra aquellos a quienes no debía juzgar. Fue este voto el que selló la condena a la rueda, pues hubo ocho votos contra cinco, después de que uno de los seis jueces contrarios, al final y tras muchas disputas, pasara al partido más severo.

Parece que cuando se trata de un parricidio y de entregar a un padre de familia al más atroz suplicio, el fallo debería ser unánime, porque las pruebas de un crimen tan inaudito deberían ser de una evidencia sensible para todo el mundo. La menor duda, en un caso semejante, debe bastar para hacer temblar a un juez que va a firmar una sentencia de muerte. La debilidad de nuestra razón y la insuficiencia de nuestras leyes se hacen sentir todos los días; pero ¿en qué ocasión se descubre mejor su miseria que cuando la preponderancia de un solo voto hace ajusticiar en la rueda a un ciudadano? En Atenas se necesitaban cincuenta votos por encima de la mitad para osar pronunciar una sentencia de muerte. ¿Qué se deduce de ello? Lo que sabemos muy inútilmente: que los griegos eran más sabios y más humanos que nosotros.

Parecía imposible que Jean Calas, un anciano de sesenta y ocho años que desde hacía tiempo tenía las piernas hinchadas y débiles, hubiera estrangulado y ahorcado él solo a un hijo de veintiocho años que poseía una fuerza extraordinaria. Era absolutamente necesario que hubiera sido asistido en esta ejecución por su mujer, por su hijo Pierre Calas, por Lavaisse y por la sirvienta. No se habían separado un solo momento la noche de aquella fatal aventura. Pero esta suposición era aún tan absurda como la otra: pues, ¿cómo una sirvienta, ferviente católica, habría podido consentir que unos hugonotes asesinaran a un joven criado por ella para castigarlo por amar la religión de esa misma sirvienta? ¿Cómo habría venido Lavaisse expresamente de Burdeos para estrangular a su amigo, de cuya pretendida conversión nada sabía? ¿Cómo una madre tierna habría puesto las manos sobre su hijo? ¿Cómo habrían podido todos juntos estrangular a un joven tan robusto como todos ellos sin un combate largo y violento, sin gritos espantosos que hubieran alertado a todo el vecindario, sin golpes reiterados, sin contusiones, sin desgarrones en las ropas?

Era evidente que si el parricidio se hubiera podido cometer, todos los acusados eran igualmente culpables, porque no se habían separado ni un momento; era evidente que no lo eran; era evidente que el padre solo no podía serlo; y, sin embargo, la sentencia condenó únicamente a este padre a expirar en la rueda.

El motivo de la sentencia era tan inconcebible como todo lo demás. Los jueces que estaban decididos por el suplicio de Jean Calas persuadieron a los otros de que este débil anciano no podría resistir los tormentos y que, bajo los golpes de los verdugos, confesaría su crimen y el de sus cómplices. Quedaron desconcertados cuando este anciano, al morir en la rueda, tomó a Dios por testigo de su inocencia y le conjuró que perdonara a sus jueces.