Tres cuentos

Gustave Flaubert

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Tres vidas. Tres obsesiones. La perfección absoluta de la literatura. Gustave Flaubert dedicó sus últimos años a demostrar que no hay vidas pequeñas ni pasiones insignificantes. En esta obra cumbre, el maestro de la precisión psicológica nos sumerge en tres abismos humanos inolvidables: la devoción muda y desgarradora de una sirvienta ante un loro disecado; la sangrienta espiral de culpa, profecías y misticismo de un cazador proscrito; y el juego de poder, deseo y fanatismo político que decidirá la cabeza de Juan el Bautista. Del realismo más íntimo a la leyenda medieval y la fastuosidad pagana, estos tres relatos no son simples historias: son una disección perfecta, cruel y piadosa del alma humana. Flaubert en su estado más puro, donde cada frase pesa y cada palabra quema. Asómate a las páginas donde el lenguaje alcanzó, por fin, la maestría absoluta.

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Capítulo 1

Durante medio siglo, las vecinas acomodadas de Pont-l'Evêque envidiaron a la señora Aubain por su criada Felicidad.

Por cien francos al año, guisaba, limpiaba la casa, lavaba, cosía y planchaba, sabía ensillar un caballo, cebar las aves, batir la manteca, y permanecía fiel a su ama, a pesar de que ésta no era una persona agradable.

Se había casado con un buen mozo sin dinero, que murió a principios de 1809, dejándola dos niños muy pequeños y bastantes deudas. Entonces vendió sus fincas, salvo la granja de Toucques y la de Sefloses, cuya renta ascendía a 5.000 francos, todo lo más, y dejó su casa de Saint-Melaine para habitar otra menos dispendiosa, que estaba detras del mercado y, en tiempos, había pertenecido a su familia.

Esta casa, con techo de pizarra, hallábase entre un pasaje y una callejuela que iban a desembocar en el río. Tenía por dentro diferencias de nivel, expuestas a tropiezos. Un vestíbulo estrecho separaba de la cocina la sala donde la señora Aubain se pasaba todo el santo día sentada a la ventana en un sillón de mimbre. Contra el zócalo, pintado de blanco, se alineaban ocho sillas de caoba. El viejo piano soportaba, bajo un barómetro, un montón piramidal de cajas y cartones. Dos poltronas de tapicería flanqueaban la chimenea, de mármol amarillo, estilo Luis XV. EI reloj, en medio, representaba un templo de Vesta; y todo el cuarto trascendía algo a moho, porque el solado estaba más bajo que el jardín.

En el primer piso estaba, desde luego, el cuarto de "la señora", muy grande, revestido de un papel de flores pálidas y ornado con el retrato "del señor", en traje de lechuguino. Comunicaba con otra habitación más reducida, donde se veían dos cunitas de niño, sin colchones. Después venfa el salón, siempre cerrado y lleno de muebles forrados de tela. Desde allí se iba por un corredor al gabinete de estudio; libros y papelotes guarnecían los estantes de una biblioteca, que rodeaba por sus tres lados un ancho bureau de madera negra. Cubrían por completo las paredes dibujos a pluma, paisajes a la acuarela y grabados de Audran, recuerdos de mejores tiempos y de lujos desvanecidos. Una claraboya del segundo piso, con vistas a los prados, daba luz al cuarto de Felicidad.

Levantábase ésta con el alba para no perder su misa, y trabajaba hasta la noche sin interrupción; luego, servida ya la cena, limpia y en orden la vajilla y bien cerrada la puerta, escondía el fuego bajo las cenizas y se dormía ante el hogar, con el rosario entre las manos. Nadie sabía regatear con más obstinación. En cuanto a limpie za, el brillo de sus cacerolas causaba la desesperación de las demás sirvientas. Ahorradora, comía despacio y recogía con los dedos, sobre la mesa, las migajas de su pan, un pan de doce libras, cocido a propósito para ella, y que duraba veinte días.

Llevaba en todo tiempo un pañuelo de índiana, sujeto a la espalda por un alfiler, un gorrito cubriéndola los cabellos, medias grises, falda roja y, sobre la camisola, un delantal con pechero, como las enfermeras de hospital.